miércoles, 7 de octubre de 2009

De la felicidad, la motivación y la competición

El amigo Aristóteles escribio que la felicidad es la "actividad propia del alma ejercida conforme a virtud". Una vez más, entre lo obvio y lo oscuro, diciéndolo todo cuando parece que no dice nada. Para hacerse una idea hay que desentrañar a qué se refiere el tutor de Alejandro Magno (¡menuda papeleta!), con actividad del alma y virtud.
Empezamos por el final. Es lugar común, un topicazo, que Aristóteles llamaba virtud, al hábito que se adquiere por la repetición de actos que evitan el exceso y el defecto, en un justo o prudente discernimiento adecuado a la ocasión y sobretodo al sujeto. El famoso término medio. Pero ésta es la virtud práctica, es decir, la que tiene que ver con la acción exterior, por así decirlo. Por otro lado, con la actividad del alma, se refiere a las operaciones que son propias del ser humano, que a diferencia de otros seres vivos, tiene como propia de su naturaleza la actividad racional, el conocimiento de lo universal o general. Así el discípulo no se separó tanto, como pretendieron algunos, de su maestro Platón, y coinciden ambos en que la virtud que verdaderamente satisface la exigencia de felicidad del alma humana es la prudencia o sabiduria (donde no hay término medio). Por tanto, la felicidad, aunque alcanzable (no una quimera), es una actividad, pero especulativa, no práctica, y el hombre no la encuentra en la realización de lo sensible, que comparte con el resto de los animales, sino en su operación propia, el conocimiento de lo más universal, lo más general.
Nos consuela entonces comprender porque no somos felices, estríctamente hablando, cuando tratamos de contemplar las verdades ocultas en el arcano arte y oficio de la conducción de un fórmula uno.
Hemos podido comprobar, menos veces que las que hubieramos deseado, la satisfacción, la alegría, la aparente felicidad, más duraradera de lo que los clásicos auguraban, que sentimos cuando obtenemos el premio del podio, más aún si cabe si somos vencedores de un gran premio. No nos sirve aquí Aristóteles, puesto que para él, esto sería algo así, (como oí a alguien alguna vez decir), confusión de la felicidad con la "satisfacción del animal sano".
Pero, para la comprensión del fenómeno, el exultante gozo de la victoria, conviene atender al concepto de la motivación, con el que la modernidad, casi sustituyó (o sin el casi) a la clásica voluntad. Nos "viene al pelo" la famosa pirámide de Maslow y la psicología humanista.
Así, en la base de la piramide están las necesidades primarias, que pronto, una vez garantizada su satisfacción, son sustituidas por las necesidades secundarias, de tal manera que el individuo puede dilatar en el tiempo la satisfacción de las primeras a cambio del logró de las segundas, hasta alcanzar la cúspide de la pirámide, el tan mánido estado del "hombre autorrealizado. ¡¿Cómo olvidar aquellos tiempos en que todo se explicaba como una búsqueda de la autorrealización?!; se excusaba el común de los mortales con la expresión "es que no me siento realizado" y abandonaba el estudio o aquel trabajo que tan lastimosamente le obligaba a madrugar. O cómo, más cercanamente (y aún nos cuesta librarnos) se jsutificaba el mal resultado del alumno con la famosa frase "es que no está motivado", o "no ha alcanzado la motivación suficiente". Ni que decir tiene que, en nuestro caso, el incentivo coincide con el fin: el logro de la victoria nos "mueve", o nos motiva, de tal forma y manera que podemos retrasar la necesidad de satisfacer el hambre o el sueño, o incluso sustituirlo, por el entrenamiento o la simple disputa esforzada de las carreras.
Llegados a este punto diremos, que la especulación de los filósofos o de los psicológos, no termina de resolver el eterno misterio de por qué disfrutamos en algunos esfuerzos y no en otros. (Me pregunto si la filosofía o la psicología, en realidad, resuelvan nada). Misterio, que si llegara a resolverse, nos daría una especie de varita mágica o piedra filosofal, que convertiría toda nuestra actividad en hobby, todo nuestro trabajo y esfuerzo en un deleite.
En fin, es obvio (y para quien no lo sea, yo se lo aseguro), que en la competición, en la autoexigencia de resultados, naufraga mi trabajo de piloto. Que de ninguna manera disfruto las carreras (lo hago con el entrenamiento); es pobre para mi alma el premio, escaso y muy excepcional, de la victoria; y que es mucho mayor la frustración de no alcanzar la satisfacción de esta necesidad secundaria que el logro ocasional de los objetivos, y así, de ningún modo llego a ser un "piloto autorrealizado".
Pero para esto también hay recetas de los "listos", que suelen decir que en el camino está la felicidad del viajero y no en la llegada al destino. Y yo digo que, solo esto es cierto cuando viajas en buena compañía. Probablemente la mayor dificultad de cualquier viaje, es precisamente ésta, la compañía, que, o no se tiene ninguna, o nunca se encuentra la adecuada. De todos es conocido aquello de que si quieres mantener un amigo, no te vayas de viaje o vacaciones con él.
Luego concluyamos:
La felicidad nunca está en el fin, objetivo o resultado; no está, tampoco, en el proceso, en el camino. Está en el otro. Al revés que en el pesimista autor francés ("el infierno son los otros"), el paraiso, la felicidad, está en el entrenamiento con mi compañero de equipo.
¡Ahí queda eso!

1 comentario:

  1. ¿Qué puedo decir?. Gracias, Nakayima. Es un lujo compartir equipo contigo.
    ¡ESTO ME ANIMA A PREPARAR EL G.P. DE BRASIL!
    Javi-CyL / BMW TEAM '09 www.f1total.es

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