Monza 2009 se me presentaba como un gran manjar delicado, y, sobretodo, muy elaborado. Una carrera preparada a conciencia con los mejores ingredientes y la más cuidada elaboración de un gran chef. Digna del plato estrella de un exclusivísimo banquete. Yo, muy incauto, esperaba un festín, donde se disfrutara ampliamente de las riquezas de la cultura mediterránea (el paisaje así lo demandaba), en mesa para dos (tres a lo sumo, por la tradición del podio), en un nuevo acto de la gran opera a la que asistimos en Alemania.
Sin embargo pronto descubrí que había más convidados al reparto del pastel, o que el coro se rebelaba, campaba por sus fueros y pretendía eclipsar a los protagonistas. Y como suele ocurrir cuando parece que las celebraciones se exceden en número de invitados, se cambia la alta cocina mediterránea, por la siempre socorrida comida china.
Pero es un error muy común entre los occidentales, confundir la milenaria cocina china con el variadísimo y "barato" elenco de platos de muchos de los mal llamados restaurantes chinos instalados en occidente. Y de esta experiencia juzgar de menos lo que en realidad se desconoce. De hecho, es perfectamente posible encontrar en Occidente alta cocina oriental, fiel a su milenaria tradición, pero que, como todo lo exquisito, es escaso.
Así la mitad del primer acto en Monza, dio la impresión de que me regalaría con una culminación a tan elaborada preparación y minucioso entrenamiento. Un culmen que bien podría compararse con el famoso "pato a la pekinesa". Asistí a la variopinta panoplia de ingredientes y el derroche del camarero con los palillos montando los "paquetitos", con esa habilidad meticulosa que solo los chinos saben exibir.
Pero fue un espejismo; como si el jefe de sala hubiera confundido las mesas, retirando al diestro camarero de la nuestra y sustituyendo el pato por el cerdo agridulce. Porque agria fue la sensación que queda en el paladar cuando cometí el error en "la parabólica", que primero confirmó la mediocridad de la primera mitad de la carrera, y segundo trastocó los planes del equipo. Pero también dulce, pues la segunda mitad si mostró mi cuidado trabajo de muchas semanas, hasta arañar casi textualmente el tercer cajón del podio.
El pato a la pekinesa era para mi compañero, que "se paseo" por el escenario de Monza, recuperando a voluntad lo que el coro le quería quitar. Y dió las veces que fueron necesarias el "do de pecho".
Mis cinco puntos en Monza, en cambio, fueron el cerdo agridulce, pero ¡cuidado!, no se engañe el lector porque, como bien ha testimoniado el crítico Max Rufus, un esmerado cerdo agridulce puede ser manjar de emperadores.
Y al final de la opera, ...por más que pese al coro..., deleitaron los protagonistas (como debe ser) para llevar un poco más lejos la distancia de BMW con sus competidores.
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