sábado, 8 de mayo de 2010

"Alter ego"

Desde Bahrein hasta China han mejorado mucho las cosas. Me ha costado recuperar la tensión competitiva, la continuidad rutinaria de los entrenamientos, pero finalmente, hemos vuelto a obtener resultados mínimamente decentes.

Sin embargo, tengo que reconocer, las cosas ya no son como antes. Ni conduzco igual (mejor, supongo, a pesar de los resultados), ni sufro igual (mucho mejor, sin duda). Ni permanecen durante tanto tiempo las pesadillas de lo que podría haber sido y no fue en el circuito, tras la carrera.

Tres semanas es mucho tiempo (entre China y España). Pero el tiempo pasa inevitablemente, siempre igual, con la misma cadencia. Pero es asombrosamente rápido cuando es observado desde delante, cuando "echamos una mirada atrás en el tiempo". Sin embargo es una inmensidad cuando se mira lo que queda para que llegue el final. Nuestro final es mañana, el día de correr en Barcelona. En un descanso del entrenamiento aprovecharemos para proseguir con el relato, de lo que llamamos inicialmente "Confidencias".

Podríamos poner enlaces a los dos capítulos anteriores para quienes quisieran retomar el relato:



Éste es el tercer capítulo, continuación de la toma de conciencia con la esquizofrenia. Pero esta vez la inspiración o la analogía en vez de ser la discusión sobre la realidad ("Mátrix") será la cuestión de la clonación (más en la moda actual, "Avatar").

Quizá venga más al caso tener en cuenta alguno de los roles interpretados por Desguazenegger, digo Schwarzenegger (perdón), el bueno de Arnold (véanse las referencias a lo largo del relato):

Llego al hotel, tras la carrera, con un regusto amargo. Mis ingenieros me han jugado una mala pasada. El sobrecalentamiento de los frenos dio al traste con mis posibilidades, que tampoco eran muchas. Finalmente tuve que acabar la carrera de cualquier manera, sin ninguna posibilidad, pero acabándola. Mal habíamos empezado el campeonato 2010.

Pensé en conectarme a la Red y pedir disculpas a mis seguidores. Pero no estaba de humor. Quizá el cansancio de la carrera me ayudara a dormir, lo que sería una novedad. Así, curiosamente sin mucha espera, entré en ese duermevela previo al sueño.

...
Debió parecerle eterno el espacio de tiempo hasta que contestó. Pero por otro lado, su gesto parecía decir lo contrario. Nuestro hombre pensó en preguntar, ¿qué tenía que ver el volante, o su hobby, con aquella locura que parecía haber comenzado? Pero decidió que le daba igual, porque lo que tenía claro es que no era una buena opción permitir que aquella escultural presencia bajara del coche, y se cumpliera su mal presagio "...y todo será como siempre ha sido". Los dos seguían mirándose dentro del coche, en silencio.

-¡De acuerdo!, acertó por fin a exclamar, veamos donde nos lleva esto.

Arrancó y se dirigió al centro comercial.

El resto del camino, la enigmática rubia, repitió de mil maneras posibles, que la decisión por muy firme que le pareciera a él, no sería realmente efectiva si no completaba la compra del volante. Él tenía claro que, en cualquier caso, aunque la promesa de resolución de todas sus dudas fuese un camelo, merecería la pena descubrir hasta donde podría llegar con la sorprendente compañera de instituto. Enfrentarse más tarde a su familia, justificando la compra del volante, y asegurándoles que la adicción estaba superada, ya sería otro tema. Pero parecía que, también en esto, valdría la pena el riesgo.

Aparcaron. Ella le dijo que no iba a entrar. Era más seguro que comprara el volante solo. Un gesto de absoluta indiferencia acompañó la salida del vehículo. A veces tanto misterio hace perder el interés del espectador, por un exceso de forzado suspense (la diferencia entre el primer Hitchcock y sus imitadores). Para nuestro protagonista su participación era en realidad como una visión objetiva de la propia vida. Es decir que se veía más como espectador de si que como protagonista. Por eso el gesto de indiferencia, y a la vez, dejarse llevar por los acontecimientos y las órdenes de su "rubia perfecta". Mientras llegaba a la sección de los juegos, donde hasta tres veces antes se había detenido frente a la "pila" de volantes, pensaba que esta aparente dicotomía o enajenación, en la que se actúa y a la vez se ve como se actúa, quedaría resuelta al efectuar finalmente la decisión, y comprar el volante. También pensó que había dejado sola en el coche a la rubia y las llaves puestas. Volvió sobre sus pasos, alarmado por la idea, pero se detuvo cuando pensó que era un poco exagerado el sofisticado sistema de su compañera para robarle el coche. Además era su compañera profesora; no iba a desaparecer de pronto con su coche. Sería muy fácil averiguar quien era, en el instituto, y a la policía seguir su pista, cuando la denunciara. Vuelta, de nuevo, sobre sus pasos, y, esta vez, riéndose de si mismo por lo peliculero que era.

La cajera pasó la tarjeta, espero unos instantes con la mano sobre la salida del papel, y seguidamente ofreció el ticket de compra para la firma. Mientras firmaba salió el duplicado, que intercambiaron, ticket firmado junto al bolígrafo por tarjeta y comprobante, con la habilidad de quienes llevan bailando esta danza toda la vida.

No sintió nada. La compra estaba hecha y, al contrario de lo prometido, "todo era como siembre había sido".

Salió del centro comercial, pero no pudo salir de su asombro. El coche no estaba. Corrió hacia la plaza vacía. Absurdo. ¿Qué iba a hacer ahora? Empezó a ponerse nervioso, no encontraba el móvil. A la vez tenía la esperanza de que ella apareciera con su coche (su de él, no de ella, pensaba; surrealista, se daba aclaraciones a si mismo, como si pensara con paréntesis). Dejó caer la caja del volante, y se restregó los ojos como queriendo escapar de una pesadilla. El mundo se desvanecía. Era como si hubiera una mala recepción de la señal. Los bordes de lo que alcanzaba la pista se pixelaban. Entre los límites de lo visible apareció su coche a toda velocidad.
...
Exactamente igual que en las socorridas escenas de multitud de películas, violentamente me incorporé en la cama, sudando, agobiado aún por la visión de mis propios sueños. Tarda un poco en recuperar el ritmo normal mi corazón. Poco a poco reparo en lo que me rodea, recuperando la vigilia y el sentido común. Mi propia imagen en el espejo, frente a la cama completa el proceso de aterrizaje en la realidad. No me lo podía creer. Las pesadillas eran cada vez más fuertes y el desasosiego muy difícil de eliminar. Miré el reloj, y como suele suceder en tales casos, no había pasado ni una hora.

Me levanté y busqué algo que beber en el minibar. Volví a la cama para sentarme encendí un cigarrillo. Lo fumé con tranquilidad, esperando que junto al humo se disiparan los fantasmas del sueño. Cuando ya creí que estaba tranquilo, usé el cenicero, y volví a tumbarme con renovadas esperanzas. Esta vez sí que mis sueños fueron reparadores, o no soñé, o simplemente no me acuerdo.

Casi quince días después, olvidado ya el fiasco de los frenos en el desierto, tengo nuevas esperanzas puestas en Melbourne. El recuerdo del G.P. de Australia, el año pasado, me anima a completar el entrenamiento final, que fue muy provechoso. Todo estaba preparado y solo necesitaba un poco de "relax" antes de la batalla. Fui al "hospitality" de mi equipo y me senté en un cómodo sillón, de esos que tienen una consola con botones, pero que yo no uso, escarmentado como estoy con el mando a distancia de la televisión. Allí, a pesar de lo que sucedía en el exterior, y muy probablemente consecuencia de la tensión del último test al coche, quedé dormido.

...
Un espacio vacío. Una luz blanca poderosísima. Una completa desorientación. Más mal que bien recordaba el coche viendo hacia él. Su propio coche. Y la idea de que al haber soltado la caja se habría "cargado" el volante. Pero le dolía la cabeza. Un dolor pulsante en las sienes y un zumbido constante en los oídos. Pero no veía nada. Estaba cegado. Angustia. El dolor en las sienes se incrementaba al ritmo de los latidos del corazón cada vez más rápidos. Quizá sintió que le tocaban los hombros y trató de girarse sobre si mismo, pero estaba inmovilizado. No podía tampoco volver la cabeza. Y ese dolor. Y el zumbido. Iba a volverse loco. Quería salir de allí, si es que estaba en algún sitio.

...
¡Otra vez! No es que esto me pasara cada vez que dormía, pero ya estaba minando mi confianza la reiteración de la pesadilla. Aún quedaba tiempo para intentar descansar antes de que el G.P. de Australia 2010 cumpliera con su acto final. No cometería el mismo error, no trataría de volver a dormirme. La solución fue la televisión y una versión australiana de la ruleta de la fortuna.

Voy a salir del box para la vuelta de formación de la parrilla, y algo no va bien. El resto fue otro episodio para olvidar. En el G.P. de Australia no pude ni tomar la salida.

Hoy, el recuerdo de mi última pesadilla (no la carrera) no iba a dejarme dormir.

(continuará)

Probablemente Arnold es el actor que más títulos tiene donde la realidad y la ficción se mezclan. Más cómica, pura acción y con guiños a alguna de sus otras películas, además de las citadas más arriba, tenemos ésta que en España fue estrenada como "El último gran heroe". Aquí teneis el trailer en inglés y el clip de video del tema músical central de AC-DC, "Big Gun":



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