sábado, 29 de agosto de 2009

Fórmula 1 y la armonía preestablecida

Siempre he procurado darle al Blog un cierto estilo y calidad, lo que seguramente nunca he logrado. Sobre todo en aquellas ocasiones que me he dejado llevar por las circunstancias de las carreras en las que compito. Es difícil separar las emociones de la competición (decepciones por los fracasos y alegrías por los éxitos), lo que me ha llevado a una suerte de cierto trastorno bipolar.

Generalmente adorno el contenido con referencia filmográficas, porque, como dijo el sabio, en el cine está todo. Pero en esta ocasión, y como novedad, el adorno será filosófico.

Al hilo de lo que ha ocurrido hoy sábado en la clasificación para el GP de Bélgica en el circuito de Spa, me ha venido a la cabeza el asunto de la armonía preestablecida del amigo Leibniz. Trataré de no ser demasiado "pelma".

A todos ha sorprendido (todavía se buscan explicaciones), cómo los grandes favoritos, los que parecía que tenían todo a su favor o estaban en franco ascenso, no podían pasar de la Q2; y un ya muy veterano Fisichella, o el desahuciado equipo BMW se hacían con los primeros puestos para la parrilla de salida. (Para los mecanicistas convencidos este enlace con las cargas de combustible).

Un vistazo a los tiempos durante las tres sesiones de entrenamientos y las de clasificación muestran un fenómeno que no se le escapa a nadie, ni al más lego en asuntos de carreras de coches. La clave en Spa está en el segundo sector que resulta muy complicado si se quiere ser muy rápido en el primero, la famosa subida a Eau Rouge. Lo que unido a un desarrollo del circuito en pendientes muy pronunciadas, complica muchísimo la llave que todos los ingenieros buscan en los reglajes de los monoplazas, el equilibrio.

De vez en cuando los hombres, su ciencia y técnica, se alían con el orden del universo y la naturaleza, y permiten que salgamos de la rutina y en la busqueda del equilibrío (de la armonía) se compensen un poco las diferencias entre los poderosos (los más fuertes o más preparados) y el resto.

La armonía preestablecida se ha entendido generalmente de modo superficial como optimismo. Según Leibniz, Dios ha creado el mejor de los mundos posibles. Sin embargo, como Julián Marías hizo notar, el mejor mundo de los posibles no es el óptimo, es lo mejor de lo posible, que es distinto. Solo puede entenderse la tal armonía unida a la composibilidad. Solo se compone lo que es posible componer.

Dios por tanto no ha creado un universo donde sea posible el centauro o las sirenas. Solo en esta composibilidad puede entenderse el ser libre del hombre (no la mera o simple libertad).

Y aquí hemos llegado a la explicación filosófica (metafísica y monadológica, al estilo del bueno de Leinbiz) al fenómeno pseudo-milagroso de la "pole position" de Fisichella, y el logrado equilibrio de su reglaje en una vuelta mágica en la Q3 de esta mañana.

Y es por lo que juzgo que la Fórmula 1, como otras muchas actividades humanas (incluso las claramente prescindibles), muestra de vez en cuando, la armonía preestablecida, la "ternura" de Dios con su creación: que es posible componer lo que aparentemente (en nuestro torpe-soberbio desconocimiento) es imposible, y clasificamos de milagro, casualidad, o en el peor de los casos, de suerte.

Fisichella, su equipo y su máquina han mostrado el "milagro" de la creación, en una vuelta magistral al circuito de Spa.

Olé! ahí! la gracia latina (por el piloto) y la constancia oriental (por la escudería, Force India).

Sabio mestizaje como el del que suscribe.

Vale.


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